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Café y Crisis Climática

tierramadre
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Desde Oxfam Intermón, hemos venido recordando la necesidad de actuar ante la Crisis Climática. Una crisis que es única para todo el planeta pero que no todas las personas vamos a sufrir de igual forma. Es una crisis que afecta sobre todo a la población que tiene menos medios para paliar los efectos del cambio climático.

Esta situación se ha venido explicando en la campaña europea Lets do it fair, campaña donde explicamos como las organizaciones de Comercio Justo llevamos tiempo trabajando en reducir y mitigar los efectos del cambio climático. De como la preocupación por el planeta y las personas esta en el núcleo del movimiento de Comercio Justo

Hoy os queremos compartir un artículo elaborado por un colaborador de Oxfam Intermón sobre Café y Crisis Climática. Su autor es Albert Folch, doctorando en Historia Económica por la UB.

Un modelo insostenible

Actualmente ya quedan pocas dudas (o pocas deberían quedar) sobre la necesidad de transformar radicalmente un sistema agroalimentario que nos conduce hacia el colapso. El hecho de disponer durante todo el año, en las estanterías de los supermercados, de alimentos producidos en cualquier lugar del mundo que en muchos casos podrían haber sido producidos mucho más cerca, hace que la distancia que recorren los alimentos antes de llegar a nuestro plato sea terrible, provocando un colosal derroche de combustible en el transporte de mercancías. La continua presencia de productos que ni son de proximidad ni son propios de la temporada, ha hecho que buena parte de la ciudadanía haya perdido la conexión con los ciclos agrarios naturales. Les larguísimas distancias recorridas afecten no solamente a los productos acabados, sino también a los inputs que se utilizan en su elaboración. Un ejemplo especialmente grave lo constituyen los piensos de soja destinados a la cabaña ganadera europea provenientes de países como Brasil, Argentina, Bolivia o Paraguay, donde los monocultivos de soja están haciendo desparecer enormes extensiones de bosques y selvas.

modelo insostenible . Crisis climática

Otras vertientes del proceso productivo refuerzan la insostenibilidad del modelo, heredero de los cambios introducidos en la agricultura con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial: mecanización, con la consiguiente eliminación de la mano de obra; aplicación masiva de agroquímicos; aumento de la escala de producción, con el objetivo de aumentar exponencialmente la productividad de cada persona implicada en la agricultura y por lo tanto los beneficios empresariales; y concentración de la tierra en pocas manos. Una agricultura, en definitiva, cada vez menos campesina. Los expertos en agroecología de la Universidad de Berkeley Miguel Ángel Altieri i Clara Inés Nicholls han señalado la ineficiencia de este modelo que podemos denominar de agricultura industrializada, ya que ocupa el 80% de la superficie agrícola mundial, consume el 80% del agua de la globalidad de la actividad agrícola y genera entre el 20% i el 30% de los gases de efecto invernadero que se emiten en el planeta, para acabar produciendo tan solo el 30% de los alimentos que consume la humanidad. Actualmente la agricultura es la actividad económica que genera más emisiones de óxido nitroso (N2O) y gas metano (CH4), aunque también es una notable emisora de  dióxido de carbono (CO2).

Para conseguir importantes economías de escala y el control de grandes extensiones en esta agricultura tan poco sostenible, se hace necesario homogeneizar los paisajes agrícolas. Desde hace décadas, numerosos estudios científicos, como el que llevó a cabo a principios de los años setenta el National Research Council de los Estados Unidos, han demostrado la vulnerabilidad ante plagas y enfermedades ligada a la homogeneidad genética y ecológica de los cultivos. También los profesores David B. Lobell i Sharon M. Gourdji, en su trabajo The Influence of Climate Change on Global Crop Productivity, apuntaron más recientemente que la reducción de la diversidad de especies cultivadas aumenta mucho la capacidad destructiva de una sola plaga o enfermedad y vuelve a los sistemas agrícolas modernos extremadamente frágiles frente la variabilidad del clima.

La relación entre agricultura y cambio climático es bidireccional, es decir, no solo el actual modelo agrícola es un agente inductor del cambio climático, sino que los cambios en los patrones de comportamiento del clima ya están teniendo serias afectaciones en la producción agrícola. Con el progresivo aumento de las temperaturas, las plagas y enfermedades se están haciendo más agresivas y están ampliando su radio de acción. Las franjas altitudinales en las que pueden afectar los agentes patógenos se están ampliando, ya que las tierras más altas son menos frías que hace unas décadas. Asimismo ya hace muchos años que se ha constatado una progresiva transformación del comportamiento de las precipitaciones, con una tendencia hacia fenómenos cada vez más extremos que originan erosión de los suelos agrícolas. Quizás lo más preocupante es que la violencia y frecuencia de estos fenómenos está superando lo que habían establecido muchas previsiones, ya lo demostró hace casi dos décadas el Soil and Water Conservation Society (SWCS), incluso antes de ciclones que se han producido posteriormente con una capacidad destructiva desconocida.

Un necesario cambio de paradigma

Frente a este modelo, la agroecología propone un diálogo entre los conocimientos agrícolas tradicionales y las aportaciones del conocimiento científico moderno para conseguir formas sostenibles de gestión de los recursos naturales. Por un lado, pone en práctica técnicas agrarias que recuperan la fertilidad del suelo y apuesta por las variedades y razas locales, por el policultivo y por el mantenimiento de la biodiversidad, con el objetivo de conseguir sistemas más resistentes. Por otra parte, reivindica un desarrollo rural sostenible basado en el conocimiento tradicional y la gestión integrada de ganadería, agricultura y silvicultura. Esta gestión integrada permite un reciclaje de los recursos, porque tener animales permite abonar los campos de cultivo, y los restos de los cultivos no aptos para el consumo humano sirven para alimentar a los animales.

La agroecología incorpora la agricultura ecológica. El equipo de expertos en agricultura ecológica de la Universidad Autónoma Chapingo (México) la define como un sistema de gestión de la producción que mejora la salud de los agroecosistemas gracias a prácticas que excluyen el uso de agroquímicos. Pero también integra aspectos sociales y económicos, como formas de comercialización justas para productores y consumidores, aspecto clave si se quiere que tenga continuidad un actor esencial de la cadena alimentaria, el campesino. En este punto la agroecología encuentra puntos de contacto con el Comercio Justo, un movimiento nacido a finales de los años 1980 en los Países Bajos que tiene como uno de sus principios fundamentales garantizar precios más equitativos para los pequeños productores. En aquellos inicios, los pequeños productores que participaban en el Comercio Justo estaban articulados sobre todo en cooperativas productoras de café del sur de México.

Esta alternativa llamada agroecología se traduce en la prestación de servicios ambientales de gran valor, como el mantenimiento de la biodiversidad o la captura de gases que generan el efecto invernadero. La agricultura ecológica tiene un elevado potencial de captación de CO2,  que el European Climate Change Programme (ECCP) ha cuantificado en 1,98 toneladas por hectárea y año. Un factor básico en esta mitigación del cambio climático es la no aplicación de fertilizantes nitrogenados de síntesis química, que está demostrado que incrementen los procesos de oxidación de la materia orgánica y, por lo tanto, la pérdida de carbón orgánico de los suelos agrícolas, tal como explicaron los investigadores Johannes Kotschi y Karl Müller-Säman en un trabajo elaborado para la International Federation of Organic Agriculture Movements (IFOAM) que llevaba por título The Role of Organic Agriculture in Mitigating Climate Change -a Scoping Study-. Además, la agricultura ecológica permite ahorrar la gran cantidad de gas que se utiliza para elaborar fertilizantes químicos: en la fabricación de una tonelada métrica de amoníaco anhidro (NH3), producto inicial del que se derivan la mayoría de los abonos nitrogenados, se consumen unos 3.500 m3 de gas natural. La rotación de cultivos, habitual en la agricultura ecológica, además de reducir las pérdidas de nitrógeno, aumenta la biomasa subterránea y en consecuencia la capacidad del suelo para retener carbono. Otra mala práctica que evita la agricultura ecológica es el exceso de fertilización que comporta emisiones de nitrógeno, porque no se utilizan fertilizantes químicos y la aportación de nutrientes se ajusta proporcionalmente a la producción.

 

El caso del café

El café, producido en su totalidad en latitudes tropicales o subtropicales y consumido en un porcentaje muy significativo en países occidentales industrializados, no es en nuestras latitudes un producto de proximidad pero sí que es un producto muy consumido, de hecho continúa siendo uno de los productos agrícolas más consumidos en todo el mundo. Son muy numerosos los estudios que se han hecho eco de la extraordinaria biodiversidad asociada a las parcelas de café de los pequeños productores, ubicadas en zonas montañosas, con pendientes pronunciadas y mayoritariamente bajo sombra, de forma que en realidad son bosques en los que también hay plantas de café.

Retomando la cuestión de las plagas y enfermedades mencionada con anterioridad, la plaga de la roya que afectó el cultivo de café de muchos países latinoamericanos durante la pasada década demostró una gran agresividad, y lo más destacable es que afectó en altitudes en las que no se había observado este hongo. Esto se pudo comprobar en el estado de Chiapas, principal productor de café de México, donde la plaga perjudicó plantas de café en altitudes de hasta 1.700 msnm, un hecho insólito en la historia del café de Chiapas. Es relevante que las plantas de café cultivadas de forma ecológica se vieron menos afectadas per la plaga, lo que obedece a ser plantas que están más sanas y que siguen unos ritmos de producción menos forzados por los agroquímicos.

Expertos en modelización del cambio climático han concluido que los cambios que ya se observan en Colombia y Centroamérica, que son grandes productores de café, como sequías que se prolongan más en el tiempo, lluvias más intensas pero de menor duración y mayor variabilidad interanual de las temperaturas, ampliarán el rango de afectación de los patógenos que afectan a los cultivos, entre ellos el café. En el caso de Brasil, principal productor mundial, algunos estudios pronostican que el área actualmente dedicada a este cultivo se tendrá que redistribuir geográficamente, pero también que a mediados de este siglo en conjunto sufrirá una importante disminución, que podría llegar a ser del 60% en el café no cultivado bajo sombra. Tal como dice Stuart G. McCook, uno de los mayores expertos en la historia del café, en el título de su último libro, Coffee Is Not Forever. Si continuamos como hasta ahora, podemos comenzar a pensar en escenarios en los no dispondremos tan fácilmente y con tanta abundancia de determinados productos, y evidentemente llegarán a los consumidores finales a un precio bastante más elevado que en la actualidad. Por lo tanto, parece conveniente introducir criterios de sostenibilidad en la producción, transporte y consumo de  lo que comemos y bebemos. Hacerlo no solo es importante, sino que ahora ya es urgente.

 

  Albert Folch.    Doctorando en Historia Económica UB. Autor del artículo Café y Crisis climática

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